Nací en la tierra, pero allí ya no es lugar para quienes son seres de carne y hueso, ahora hemos emigrado a un errante artificial que genera su propia luz y energía, no tiene un rumbo fijo y probablemente –según se cuenta entre la gente- carece de destino. Pero es en este lugar donde habita lo que ha quedado de la raza humana.
A esta gran roca de fuego y metal se le conoce como “El Buscador”, creada para ser utilizada como último recurso en caso del cumplimiento del advenimiento de los apocalipsis de la teología y la ciencia, , vagará por el espacio externo buscando un nuevo planeta que destruir. Pues la ambición del hombre ya ha destruido su primer hogar.
En estos últimos días de la existencia del hombre, hasta el más salvaje animal se comportaba con mayor compostura que el más listo de los humanos. Corrompieron su religión del mismo modo que su ciencia, como la gente humilde es corrompida al conseguir algo de poder y sentir que sólo está logrando la justicia que se le había arrebatado.
¿Dónde derrocharan su dinero ahora que lo más valioso es la riqueza verdadera, aire, agua y tierra?
SE calculaba que la atmosfera artificial –generada por un domo artificial- sólo dudaría dos siglos a lo mucho (siendo optimistas, claro). A muy pocos les importaba, pues el fin de los tiempos no resultó en ninguna lección para ellos. En estos tiempos que el alimento era escaso, unos cuantos hasta debían recorrer al canibalismo, en especial los que aún eran considerados la clase social más baja, la pobreza extrema estaba súper extendida en sectores poblacionales que años atrás habían sido por lo menos clase media baja.
Ahora que los pocos supervivientes (pocos en comparación con la población antigua) vivían en un terreno muy compacto, las discusiones eran tremendas, frecuentas pero tan innecesarias como lo eran en sus tiempos de vida intraterricolar vestir marcas y fama.
Yo, por mi parte, estaba harto hasta mi último átomo, la jaqueca me había arruinado el apetito, pero yo aun vivía y lo hacía con esperanzas, de que algún día llegara la paz, no a la Tierra, no a “El Buscador”, a nuestro nuevo y próximo hogar, eso resultaría en caos de nuevo y esa no es la naturaleza del cosmos, en cambio tal paz debía llegar a la mente de cada uno de los seres que yo mismo consideraba hermanos de raza, pues para mi sus estúpidas fronteras habías sido destruidas, sus inútiles ideas predispuestas y clichés no se convertían en barreras tan grandes como para que no se dieran cuenta que todos éramos seres vivos. Para mi fiel tortura, este sentimiento nunca llegaba. Ya habíamos vivido 20 años en esta chatarra, el ambiente era cada vez más pesado, pero hoy, este mero día, se convirtió en una catastrófica bendición.
Un gran asteroide, ¡Roca sin censura que demuestras tu terrible y caótica espesura, gracias! Un colosal asteroide, quise decir, rozó nuestras reservas de energía, el movimiento de nuestro planeta de metal llego a todos lados, un temblor tan magnífico que no hubo alma que no se sometiera ante su furia y callará todo su aire para después dejarlo salir a grito en desesperación. Los cerebros de mis compatriotas aceleraron el pasó de información, por ende sus mentes enloquecieron momentáneamente ante la crisis. El diagnostico científico: “Nos queda en aproximación menos de un año de vida”.
Esa fue la primera noticia que tuvimos, causó tanto impacto que ocasionó alboroto tan descontrolado que hacía llover sangre. Un mes después el gobierno dio con exactitud nuestro tiempo de vida: “167 días 3 horas y 4 minutos”.
Desde ese día gané una nueva filosofía: 167.3.4
Contaba cada día, no me tomaría desprevenido tal fecha. Esperaba con ansias que como ahora se había establecido un final, el mundo viviera en paz por fin… Pero supongo mi capricho fue muy grande.
Durante este tiempo se llevaron a cabo tres guerras a base de armas poco evolucionados, “Las guerras salvajes por comida aire y locura”.
Mi memoria pesaba más con cada día vivido, hubiese podido hacer un diario con todo lujo de detalles y diálogos incluso. Pero no lo hice, y no planeó hacerlo, ¿Saben por qué? Porque ya no hay tiempo… Hoy es el último día…
Lo comencé con total normalidad, y esperé a que faltara una hora para el gran espectáculo final. Cuando por fin se acercó el tiempo me dirigí a los extremos de “El buscador” llegando a las orillas del domo, llevaba mi café y una libreta con bocetos de mi mente corrupta y del universo armonioso. Me senté en el pasto artificial, toqué el domo con toda la palma de mi mano – era como sentir la negrura del espacio exterior perfecto en mis cinco dedos imperfectos- voltee detrás de mí, para ver como seguía la muchedumbre en caos, luego fijé mi mirada en todo lo que había fuera del domo: Podía ver estrellas, planetas áridos, templados, selváticos, gaseosos y volátiles, sólidos con tremenda dureza, galaxias, rastros de explosiones, uno que otro cometa pasar.
Nada me hacia caer en tal regocijo, que la perfección del cosmos.
-¿Podría darme algo de comer, señor del pasto?-dijo un niño hambriento y moribundo, le ofrecí mi café el cual acepto con toda la dicha de su sonrisa, después ocupó asiento junto a mí en la verdura.
- ¿Qué está mirando, señor?- cuestionó mi nuevo amigo, así que señale las estrellas fuera del domo, y le respondí que estaba apreciando la paz de la danza cósmica antes de presenciar nuestro final, ya que el hombre no deseaba tal paz pura y real. El infante quedó atónito al confirmar que efectivamente si había tranquilidad y gozo en la observancia de las luces naturales del espacio.
Llegó alguien más y mi amigo se encargó de informarle acerca de “la paz”, esa persona informó a otro y así sucesivamente, por mas difícil que le sea creer, permítame informarle amable lector que ha ofrecido su tiempo a esta lectura que en una hora, todo el mundo se entero y créame no exagero, cada ser humano, dejó sus armas, guardó sus palabras, se tiró al suelo, e indagó paz con sus miradas, o incluso quienes no podían ver, podían sentir la armonía de millones de mentes en paz y cedieron al descanso, nadie pensaba en nada más que la belleza del universo… Cuando menos nos dimos cuenta, implotó nuestra nave, nuestro hogar se despidió, pero no sin antes dejar una enorme mancha roja en el vacío. Mi consuelo radica en que la vida tuvo paz durante por lo menos, el último minuto de su existir.
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