Resultó que era inevitable quedarse
plasmado y ausente de movimiento, resultó que la noche fría era usufructo de un
viento tan frío y malicioso que no sólo carcomía los huesos hasta hacerlos
tiritar, sino que devoraba bocado tras bocado de la poca valentía que se
suponía debía poseer aquel Sr Matéu. Paralizado frente a la cruda escena, sabía
que ahora no sólo era tan cobarde como la víctima sino que una cualidad lo
hacía peor que el malhechor que dejaba fluir y proyectar su maldad al aire
congelante: su hipocresía.
Los cansados músculos de las piernas de
Matéu lo habían forzado a detenerse en la intersección Marzo-Palomero, y es que
a un hombre de cubículo la prisa le es algo intrínseco. Aún así seguía
preguntándose de haber sabido lo que contemplaría ¿negaría el reposo a sus
cansadas pantorrillas? Al parecer no, puesto que sólo el morbo lo mantenía
viendo el asalto, sus piernas ya se habían recuperado ¿A dónde se fue entonces
tanta prisa?
Provocaba un asco inmenso para Matéu
divisar como el asaltante escupía agresivamente órdenes y palabras sin sentido
para obtener algo de dinero, veía al asaltado cohibido, desesperado y
traumatizado por la terquedad tan egoísta por parte del asaltante que sólo
exigía el advenimiento instantáneo de bienes materiales sin discernir lo mucho
o poco que pudo haberse esclavizado en sus ocho sistemáticas horas diarias de
jornada laboral el afectado, inclusive Matéu imaginaba a la víctima tomando
horas extras para poder obtener lo que ahora, la bestia contemplaba arrebatar
sin compasión ni piedad existente.
Y es que el Sr Matéu al observar esto
prácticamente se engañó a sí mismo para pensar por unos muy breves instantes
que su naturaleza destructiva sólo lo hacía egoísta neutral pero nunca
destructivo y malhechor, se sentía aliviado al ver asalto. Pero para sus
adentros rebotaban palabras muy huecas -¡Vaya!
Y es de bien saberse que los humanos somos unos salvajes, tan sólo mira como
los ojos del maleante derrotan la dignidad de su acechado ¡Pero qué cabrón tan
malnacido! ¿Cómo puede ser tan frío y cruel contra su prójimo? Me reconforta
saber que aún hay unos cuantos que en la cordura jugamos de día, de tarde y aún
de noche-.
Juzgó cada movimiento de los dos
involucrados nuestro Sr Matéu. Lo hizo tan siquiera hasta el momento en que el asaltante
escuchó una de las leves pisadas del timorato Sr Matéu, que acto seguido
galopaba ágilmente –como nunca en su vida lo había conseguido- más aún en su
cabeza excusaba -He recordado que en
prisas vine y en prisas me voy, no me puedo permitir un retraso más en mi
trabajo, no creo que sea lo más prudente-.
Por más vertiginoso que fuera el trote,
los 45 minutos de retraso no pudieron ser evitados ni excusados, por lo menos
su jefe –Un señor de ceño fruncido permanentemente con entradas enormes en el cabello
y voz de fumador experimentado sin haber fumado- no comprendió que un
vislumbrar de asalto ajeno, pudiera robar tanto tiempo al Sr Matéu. Tal vez la
suerte no estaría hoy de su lado.
-Es
que Matéu, no tengo nada, absolutamente nada en contra tuya ni de tu
curiosidad, pero creo que tus fallas han sido suficientes en este negocio. No
me puedo permitir un lujo tan grande como de pagar un empleado incompetente, y
si bien es cierto que hubo un tiempo donde antes pudiste ser presuntuoso con tu
tamaño, ahora eres sólo un pequeño y flojón eslabón …- Dijo en tono tan lleno
de vitalidad y con una culpa tan falsa el Jefe de Matéu, el Sr Portilio.
¿Era acaso una posibilidad que Matéu no
sintiera ahora una ira enorme, un enojo indiscriminado hacia todo lo que existe?
Pero supo controlarse, se calmaba cuando su conciencia le recitaba a susurros
que eso era lo que lo hacía diferente de aquel salvaje de la intersección
Marzo-Palomero.
De una manera u otra, Matéu aceptó la
situación de la mejor gana que pudo, no dio señas de antipatía al Sr Portilio,
no exclamó ninguna frase irónica y despectiva ni atentó en burlas hacía la
progenitora suya. Dio un “le deseo lo
mejor, viva bien e intente siempre ser feliz”.
Poco a poco en sus adentros una gran
pena aruñaba el tenso corazón del Sr Matéu, paso a paso –cada uno más lento que
el anterior- se acercaba a su desdichada morada, hogar de una desventura
todavía más grande que él tenía por conocimiento desde que la vio nacer.
De tanto caminar, era lógica –y Matéu lo
sabía- su consecuencia sería la llegada al lugar, una que era melancólica y con
una tranquilidad tan irritante que sólo pensaba en arrancarse todos los
cabellos de un solo jalón.
Empero ante cualquier situación, cosa, o
ser vivo… llegó. Ahí estaba el Sr Matéu abriéndose paso hacía una casucha
descuidada, tal vez en tiempos de antaño fuera deslumbrante y apreciada por
arquitectos de la época, ahora sólo era presa de miradas de desdeño de los
viandantes que solían ir de ahí para acá en las noches.
Al entrar, dio visibilidad a su hogar, asiendo
la cadena del foco del techo, se observaba una sala que jugaba también el papel
de cuarto, pues una cama hacía presencia en una esquina, llena de cobijas
justificadas por el violento frío que nunca era escaso en la ciudad.
Muy atento, y de una forma tan delicada
como quien intenta cuidar de una cría del animal más bello justo cuando acaba
de ser concebido, sólo de esa forma fue quitando cobija tras cobija hasta que
la tenue luz que apenas tocaba la habitación dejó ver un rostro, paliducho y
apenas con aliento, un niño enfermizo. El primogénito, el único amor del Sr
Matéu.
Con llanto y congoja Matéu dejaba de ser
Sr, para metamorfosearse en lo más humano que creía podía ser, le lloraba
disculpas a su rostro adormecido, le rogaba por el perdón de un presente y un
futuro donde no encontraba ya manera de cuidarlo y mantenerlo. Su esposa
fallecida hace muchos años, Matéu alejado de cualquier lazo familiar, debía
romper cada hueso de sí mismo para conseguir sustento de la salvación de una criatura
que en un indiferente diagnóstico se dio conocer con una enfermedad permanente,
una debilidad que siempre sería propia de él, no hubo promesas de ser libre
algún día, sólo de una vida vacía y no muy extensa de malas dichas y un final
que prometía agonía.
Matéu había hecho lo que creía posible,
lo que para él era necesario, todo porque no se esfumará tranquilamente el
brillo de los únicos ojos de los que podía sentir afecto.
Cuando te das cuenta que tal vez la
única posibilidad de tu vida es una tragedia y el mundo día a día te da la
espalda, sólo te quedan ganas de abrazar al ser amado hasta que la muerte
llegue, sin esfuerzo, sin más sacrificios. A veces así eran las noches desde
aquel día en que fue despedido Matéu, todas las mañanas salía a buscar empleo,
sin embargo la situación económica en la que estaba envuelto el lugar era
miserable. Por las tardes, se lanzaba contra los pies de la gente que
deambulaba por las calles menos transitadas les pedía alimento o monedas para
ser de ayuda para su queridísimo hijo. Lo tachaban de perdido de juicio, pocas
veces conseguía poco.
Pocas veces entonces comía el enfermo,
pocas veces sonreía, pocas veces Matéu recordaba la paz, la tranquilidad, la fe
y la esperanza. Pocas veces sentía piedad y empatía por todos quienes existían.
¡Bendita desesperación! Con que fuerza tenía en ambas manos uno de los
cuchillos de guerra que tenía bien guardados el Sr Matéu, primero apuntando
hacía su propio estomago, después un muy fugaz intento de terminar con la
tristeza de su pequeño, al que a veces lo pensaba como “La razón de seguir en vida” otras veces cono “la única causa de todas sus penas”.
Pero aún la piedad más sincera era parte
de Matéu, de ninguna forma pudo completar ninguno de los dos actos. Empero,
algo sí debía hacer, agitado y encolerizado azotó la puerta de su hogar para
que quedara bien cerrado. Y justo como su corazón palpitaba, sus piernas ya
enflaquecidas daban su mejor intento de correr que se convertía en un trote que
daría risa y gracia a quien llegara a vislumbrarlo.
La noche convertía en un enigma las
calles cosa que llenaba de furia a Matéu, pero más que la oscuridad, era su ira
tan exuberante lo que lo cegaba realmente. Las calles perdían nombre y forma a
pesar de que las hubiese conocido tan perfectamente en otra ocasión, en este
instante su conciencia era bizarra y corrupta, la ignorancia era tanta como la
de un niño angustiado que no se preocupa por las cosas de los adultos.
La heladez y pesadez del aire se
convertía en neblina para las pupilas dilatadas –debido al coctel de emociones
que implotaban en él- y chocaba torpemente con postes, árboles y botes de
basura.
Ante la tempestad, hubo calma, lo único
que pudo apaciguar la violenta mente del Sr Matéu, fue la paz que causa el
sentimiento de la resolución, a lo lejos divisó a la victima perfecta. Podría
asaltarla, y brindar alegría a un niño inocente. ¡Al carajo la honestidad y la
buena voluntad! Era momento de recuperar la esperanza que se le había
arrebatado a un angelito agonizante. Era momento de hacer un poco de justicia.
Vestía un traje que no parecía nada
nuevo, sino por el contrario un poco maltratado, pero parecía un trabajador con
empleo estable y si la suerte estaba hoy del lado de Matéu, podría ser el día
de paga o mejor aún ¡una indemnización! No dejaba de figurarse la sonrisa tan
enorme que tendría el pequeño.
Dejó de ocultar aquel cuchillo militar
de entre sus vestiduras, se acercó sutilmente a la víctima –como si tan sólo
fuera un transeunte con prisa moderada- cuando estuvo en la distancia idónea,
colocó el cuchillo a la velocidad perfecta en la espalda del sujeto, generando
el susto necesario, pero sin ser un movimiento tan extremo que dañara al pobre
bastardo.
-No quiero que hagas ni un movimiento
brusco, no tengo ni la más mínima intención de prohibirme el uso del cuchillo
que ahora está en tus espaldas, si llega a ser necesario. No quiero oír rodeos
de tu vida personal, de esas estupideces triviales debemos ahorrarnos tiempo,
de ti lo único que en este momento quiero es que voltees y sin rechistar me des
todo lo que tengas de valor. Y no pienses ni por un momento que la vida es
injusta por esto, que eso he aprendido hoy, todo llega a un equilibrio- dijo,
gritó y susurró el bárbaro Sr Matéu a su víctima, pero ésta no mostraba respuesta.
Patidifuso por la situación sólo podía
observar, esperaba la respuesta de su inexpresiva víctima, pero llegó el
momento en que simplemente fue tanto el silencio que no esperaba ya ninguna
reacción.
Acto seguido por fin comenzaba el
movimiento en su víctima, el Sr Matéu estaba ansioso por recibir la cantidad
que debiera recibir. Se tornaba hacía él lentamente, lo que observó Matéu
cambió todas sus emociones en seguida. El rostro de su presa era tan irónicamente
familiar. Sentía alegría, debía mostrar piedad, afecto ¡hasta amor por él!, no
podía asaltarlo ahora, lo injusta que fuera la vida, no podía ni debía
resolverlo así.
Que estrambótico lo es todo, de entre
cualquier persona que podía caminar en la noche fría y desconocida, se
encontraría con sí mismo, ver su propio rostro le resultaba pacífico. Le mostró
su compasión dejando caer el cuchillo, y
miraba sus propios ojos con ternura. Su otro yo le sonrío con más afecto aún.
Matéu sentía que esta era la verdadera
solución. Moría por hablar consigo mismo. Sin embargo, lo siguiente que ocurre
es sentir un liberador y extremo frío, más aún que la noche. Plomo atravesando
su cráneo, su otro yo no dudó en dejar de ocultar la pistola que poseía y dudo
aún menos dispararla contra él. Esa noche murió el Sr Matéu descubriendo su
única y real naturaleza, dejando ya en el olvido al pequeño, y desasiéndose de
toda preocupación.