Llegando a la Zona
Despertó muy a prisas, pobre del Sr. Harrison, ya era muy tarde. El Sr.
Harrison tenía una cita para uno de esos asuntos de su trabajo, aquellos
asuntos que uno podría considerar triviales, pero el Sr. Harrison que tenía
mucho apego a su empleo, veía cada oportunidad como algo grande. Disfrutaba
como un niño en una alberca de pelotas por primera vez: Ahogado por la emoción.
-No debo quedar mal a
mis lectores, debo llevar a cabo mis “negocios”- se decía el Sr. Harrison entre
dientes, mientras peinaba su corta cabellera. Se frustraba con cada cepillada
fallida -cuando su pelo revelándose contra él, se enredaba sin razón- no
podía concentrarse bien, pensaba que era muy tarde, pero no era para tanto,
estaba atrasado acaso media hora, no obstante cuando uno está presionado,
cualquier problemilla vulgar se vuelve enorme. ¡Cómo batalló para hacer un
simple nudo de corbata! No cesaba de quejarse –Está muy apretado, Está muy
flojo, Está muy neutral- se daba excusas el humilde Sr. Harrison para evitar
creerse un perfecto creador de nudos de corbata, porque de ese modo, su ego se
inflaría mucho- o no terminaría nunca-.
Dejémonos de
minuendos del acto principal, no es menester mío explicar cómo llegó a su
aspecto habitual de trabajo, sólo sabremos qué, muy apurado consiguió un
aspecto formal para alguien de su oficio, digamos que llegó al aspecto más
genérico de “su mundo”.
Salió de su querida
morada sin gloria mas la pena lo agobiaba, en su cabeza estaba tan retrasado
que podrían crucificarlo vivo de una vez…. -¡Pero qué pensamientos tan
inmaduros tienes Harrison! Sólo intenta calmarte- le aconsejaba su conciencia.
Al fin y al cabo, qué podría perder.
Conducía su automóvil
con una extra prisa, que sin llegar a ser mortal, alteraba los nervios de
nuestro personaje. Tenía que llegar pronto, no quería parecer malagradecido a
sus anfitriones, los habitantes de Aranzo, una pequeña villa, de esas que nadie
nota, pero que están a solamente unos cuantos kilómetros de la metrópolis
principal del estado.
Nuestro amigo ya
había mandado información a su trabajo y a un amigo cercano sobre el trabajo
que iba a realizar. Estaba un poco nervioso, era la primera vez que tomaba ese
ámbito en su trabajo. Llegó a las entradas del pueblo, Aranzo, calmado,
descolorido, pero con un buen clima, la mayoría de las casas eran de
ladrillos, otras más pobres y construidas desde antes con tablones
amontonados y a veces rotos. El pequeño pueblecillo apenas tenía unos dos
grandes edificios –pero no tan grandes, eh- en general, era muy pacífico, pero
el día de ayer miércoles a las 14 horas con 3 minutos, fue reportado un crimen
muy singular, 1 asaltante entró a una casa de empeño, con una fiera pistola
apuntó al dueño y pidió el dinero, el dueño se lo dio, a lo cual el asaltante
reaccionó: Te dejó la pistola de garantía, según las normas de empeño, tengo 6
días, para saldar la cuenta por completo y así mismo me regreses el arma. El
dueño entró en pánico y se suicido con el arma. Hasta ahí lo que se sabe.
Las puertas se
abrieron tal como lo hacen las flores en primavera… amablemente.
Siendo una pequeña
ciudad, el mismo alcalde estaba esperándolo en la entrada. El Sr. Harrison bajo
la ventanilla del auto, miró su aspecto en el retrovisor haciendo unos
toquecillos inútiles a su apariencia. –Esperó ser bien recibido- exclamó con
harta felicidad nuestro héroe. –Claro que lo es, aquí cualquier hombre de
profesión como usted lo será, apreciamos mucho que los reporteros como usted
piensen en un pueblito humilde como el nuestro- dijo su discurso el agraciado
alcalde –Estacione su auto y andemos pues a pie, no caminará tanto, se lo
prometo- continúo el alcalde, El Sr Harrison asintió con la cabeza, estacionó
su vehículo en un raro estacionamiento marcado para gente importante, ¡Cómo
deseaba fama aquella villa!
Conversó un rato
sobre información básica del caso con el alcalde, mientras se dirigían al
centro de la ciudad en una corriente limusina, El alcalde que era un hombre
humilde, alto, con barbas grises y alargadas, su cara parecía no estar hecha
para sonreír, cada vez que lo hacía, daba señas de sufrimiento, pero intentaba
sonreír muy seguido, este sujeto le proporcionó lugares, contactos, y demás
datos importantísimos que el Sr. Harrison anotaba constantemente en su
libretucha.
Llegaron al edificio
central, el almacén de los que gobiernan, como le llamaba el alcalde, le
proporcionó un mapa muy simple a su invitado, le pidió disculpas porque ahora
debía dejarlo de urgencia, pero le hizo saber que ya tenía todos los datos
suficientes para comenzar su Reportaje. Pero le dijo que si era de su gusto podría
quedarse al menos 3 días en la “ciudad”, y le dio un papel que hacía alusión a
una reservación a un hotel, cercano a la zona. Así se retiró aquel agraciado
alcalde.
¡El ánimo de nuestro
personaje estaba de maravilla! -Este pueblo te hace sentir bien- se comunico a
sí mismo el Sr Harrison. Bueno, no todo eran maravillas y espectáculos, su
estomago rugió sin temor. Recordó entonces que no había comido nada, así que
desvió su ruta a un Café de uno de los conocidos del Alcalde.
Café de Augusto
En paz y muy
contento, dio sus primeros pasos en tal lugar, pero cuando notó que los demás
raro lo observaban, se cohibió por unos momentos. Indagó pues, un asiento libre
en la barra, no quería sentarse en las mesas, pues no quería retrasarse con los
problemas de las camareras. Pidió un Café con leche pero severamente
cargado, unas tostadas francesas también.
-Claro que si- fue la
expresión para responder al pedido de nuestro camarada.
-Mientras espero mi
orden, quisiera saber, ¿Con quién tengo el gusto?- inició audazmente su
búsqueda e Sr Harrison
-claro, claro… Soy
Augusto, el dueño del café- le siguió en la charla Don augusto
-Exactamente eso
esperaba oír, el alcalde me recomendó hablar con usted sobre el asunto del
“extraño crimen”- Exclamó para proseguir Harrison.
-Si, por supuesto, el
alcalde es un estimado compatriota mío, pero lamento decirle que todo lo que yo
supe, fue que alguien de la casa de empeño se suicidó- dijo el Sr augusto
-¿Es todo lo que
sabe?- cuestionó El reportero.
-Sí, claro, por
supuesto- respondió Don Augusto.
-Entonces, ¿Tiene más
información del tema?- cuestionó nuevamente el Sr Harrison sólo para
asegurarse.
-Por supuesto, claro
que sí, es bien sabido que el dueño de aquella casa de empeño, tenía problemas
económicos- respondió confundido el Sr Augusto.
-ya veo- dijo el Sr
Harrison mientras rugían sus tripas –disculpe, ya está mi alimento- pidió
entonces su combustible el Sr Harrison.
-Sí, si, por
supuesto- le hizo saber Don Augusto a su cliente sin siquiera ir a revisar en
la cocina
-¿Y dónde está? –
preguntaba con hambre hasta en los ojos nuestro compañero.
Pues, por supuesto
que está, discúlpeme un momento- y entró a la cocina un poco apresurado– ¡listo
disfrute de su “alimento”!- le servía el plato mientras hablaba, y con la otra
mano le daba un hermoso café.
Pagó, comió y se
despidió nuestro Héroe, un poco extrañado. Se dirigió a la casa de empeño.
Casa de empeño
Por medio de aquel
mapa tan ridículamente simple, pudo llegar sin problemas a la escena del
crimen. Era un lugar muy sombrío, podría decirse que no era de extrañarse que
alguien se suicidara en tales sitios, bromeaba con su mente el pillín de
Harrison.
El ambiente de tal
lugar era aplastante, es lo que pasa en los lugares donde muere gente, son
grandes cargas emocionales incluso para quienes son ajenos a la situación, está
clase de sitios podría deprimir al Sr Harrison con facilidad, pero no esta vez,
debido a que ahora era parte de su gélida profesión.
Pronto, si muy
pronto, tornó su atención en una jovencita. Recordó una de sus
anotaciones, para concrecionar sus ideas, Mirth la hija del
muerto. Acercándose a la posible testigo pues estaba detrás del mostrador,
divagó un pocos sus pensares.
-Buenas tardes, tenga
usted- saludó amablemente nuestro amigo.
-Igualmente, ¿Se le
ofrece algo?- dijo de mala gana Mirth, pues parecía estar dolida.
-¿Es usted la Joven
Mirth?- apresuro su cuestionario el Sr Harrison.
-¡Claro! ¡La misma
que calza y sufre!- exclamó con un toque de ironía Mirth.
-Mis más sinceros
pésames- así deleitó la conversación el Sr Harrison, según las normas de
convivencia en estas situaciones. Continuó – Quería hacerle unas preguntas
acerca de su padre, ¿Podría permitirlo?-
- Si, por favor
comience- decía entre sollozos y los clásicos “snif” la humildísima Mirth
-No parece un buen
momento, ¿Quiere que continúe?- le cuestionó ante tal actitud Nuestro camarada.
-Por supuesto- habló,
luego soltó tremendo grito de tristeza pura, dándole la espalda a su invitado,
pues no soportaba que la vieran así, se calmó, y la Triste Mirth exclamó
–Continúe, por favor, si es ese su deseo-
-Bien… ¿Está
usted al tanto de los sucesos que han ocurrido la noche anterior?- prosiguió el
Sr Harrison.
-Por supuesto, claro…
mi padre se suicidó con una pistola que un asaltante empeñó- dijo ya un
poco más calmada la mujer.
-Precisamente,
¿Estuvo usted presente cuando ocurrió tal atrocidad?- acusó débilmente a la
destrozada Dama.
-Sí, lo estuve-
declaró Mirth.
-¿Ayudaba a su padre
con la tienda ese día?- escogió esa hábil pregunta de todas las que llovían en
su cerebro nuestro Conocido.
-claro, por supuesto,
yo ayudaba a mi padre, era una gran persona- comenzó a decaer nuevamente el
espíritu de Mirth.
- ¿Usted vio al
asaltante, de tal formo que podría identificarlo?- le preguntó un poco atontado
el Sr Harrison, estaba algo confundido.
-Sí, claro que lo
conocía- dijo, después de recuperar el aliento la Señorita Mirth.
- ¿Usted denunció al
asaltante?- cuestionó el juicio de Mirth el Sr Harrison.
-Por supuesto, claro
que lo denuncié- entonces quedó paralizada, la Joven Mirth recordó algo, y
entro grandes sonidos de melancolía entró a la profundo de la Tienda, para no
regresar con su entrevistador. –supongo que es duro recordar a su padre- se
dijo a sí mismo nuestro Amigo.
Estación de policía
Fue a recabar la
información que las autoridades habían obtenido. Donde había mucho
ajetreo, extrañado el Sr Harrison, preguntó a uno de los oficiales - ¿Podría
decirme, oficial, que ocurre aquí?
-Claro, pero por
supuesto, Usted debe ser el Sr Harrison, mire usted, hemos atrapado al
asaltante y está a punto de comenzar el Juicio- Contesto felizmente el oficial
como aquel que sabe se hará justicia.
-¿Me podría hacer
enterar, de que cargos fue acusado?- comenzó la tormenta de preguntas.
-Sí, no le veo lo
malo, fue acusado de intento de asalto, trato hostil hacia sus compatriotas,
intento de suicidio, y por último portar ilegalmente un arma de fuego-
-Espere, Estoy
confundido- Decía el Sr Harrison cuando fue interrumpido…
-Claro, por supuesto
que lo espero- le respondió de extraña forma del policía.
-¿Intento de asalto?
¿Intento de suicidio?- cuestionaba las leyes del pequeño pueblo el Sr
Harrison.
-Claro por su puesto,
lo más seguro creo yo, es que sea hallado culpable- exclamó aquella figura de
autoridad pueblerina.
-No puede ser, me
temó que no entiendo, ¿Podría usted explicármelo?- dijo ya de última
opción nuestro Querido Sr Harrison.
-Claro, por supuesto,
vera, el asaltante, y el asaltado…- dijo el oficial, cuando el Sr Harrison lo interrumpió
–¡Se conocían!- gritó entusiasmado, creyendo saber que había pasado cuando…
-Claro, por supuesto,
pero lo que pasa es esto: El asaltante y el suicida, son la misma persona- le
comentó al Sr Harrison el extraño oficial de policía.
-¿Qué? Eso es
ridículo….- Entonces comprendió algunas cosas el Sr Harrison, por eso su hija
decía conocer al asaltante, por eso el asaltante conocía la política de la casa
de empeño, El pobre tipo sólo buscaba una excusa para irse de este mundo. –Pero
es ridículo, No pueden enjuiciar a alguien por suicidio y trato hostil hacia el
mismo- le dijo indignadísimo el Sr Harrison.
-Oh, claro, por
supuesto, usted tiene razón- entró aquel oficial a interrumpir el juicio, en el
momento en que estaba siendo entrevistado el primer testigo – ¡Anulen los
cargos!- gritó con tanta fuerza aquel cuidador de ciudadanos que hasta hoy día,
se escucha el eco….
-¿Pero por qué?-
Cuestionó el Juez al policía.
- Lo pidió el Sr
Harrison- le respondió aquel oficial. Entonces el Sr Harrison fue invitado a
pasar, muy nervioso tuvo que hacerlo, no podía rechazar tal invitación, después
del alboroto que se había hecho….
-¿Es cierto eso, Sr
Harrison?- Preguntó el Juez a nuestro Amigo.
-Sí, s-su, s-señoría-
tartamudeó el Sr Harrison a causa de la tremenda pena.
-Ya veo- reflexionó
el Juez – ¡Cargos retirados, pues! – gritó aun con mas volumen que el Oficial.
Después de un impactante silencio, todos comenzaron a saludarse y a felicitarte
por el buen Juicio que hoy habían podido presenciar, muchos se disculparon con
el Dueño de aquella casa de empeño, incluido el mismo y su hija, quien liberó
tanta felicidad, pues debido a sus cargos, estaban pidiendo la Pena de Muerte.
-¡Están locos! ¡No
pueden anular cargos sólo porque se los he pedido de pronto!- les reclamó con
fervor enojo, todos se le quedaron viendo, y fruncieron el ceño… después de un
momento de intenso no-ruido…
- Me temo, que tiene
razón… ¡No se anulan los cargos pues! El acusado se encuentra culpable de todos
los cargos, envíenlo directamente a la silla eléctrica- Decidió por fin el
Juez.
La Joven Mirth rompía
en un llanto que aun no ha cesado. Un tic en el ojo, invadió al Sr Harrison,
por su cabeza sólo circulaban las palabras: por supuesto, claro, si, como
guste.
Así que salió a las
calles, a esta hora ya estaban muy concurridas, y preguntó a uno de los
peatones -¿Podría darme un vaso de agua?- le preguntó, -Por supuesto,
acompáñeme a mi hogar- le respondieron. El Sr Harrison no lo podía creer, huyó
pues hacia otro peatón – ¿Me negaría usted algo?- le cuestionó – Claro, yo
le negaría cualquier cosa que usted quiera, por supuesto- le respondieron…
La alcaldía
Esto era
inimaginable, nadie le negaba nada, pero quiso probar una vez más, fue
corriendo hacia “la alcaldía”, y encontró al alcalde apenas entrando al
edificio.
-Qué bueno que lo
encuentro- le dijo entre jadeos el Sr Harrison al Alcalde.
-¿Qué precisa usted
Harrison?- le preguntaba el alcalde, mientras se daba cuenta que estaba
algo alterado.
-¿Me Dejaría usted
tomar su puesto de alcalde?- quería el Sr Harrison, ver quien estaba en
realidad demente.
-Por supuesto, pase y
firmaremos mi renuncia, si eso lo hace sentir mejor- dijo el alcalde.
- Expresó el Sr
Harrison, - ¿Podría golpearlo?- le preguntó amenazante al Alcalde.
-Claro, ¡vamos!
directo a la cara- le mostró la mejilla el alcalde. Fuera de sí, el Sr Harrison
lo atacó, el Alcalde cayó al suelo, el Sr Harrison huía mientras lanzaba
preguntas estúpidas a los habitantes, todas eran respondidas por variaciones
de: Por supuesto, claro, como no, inmediatamente.
Nuestro Camarada no
soportó más, se tiró al suelo, miró el cielo, y observó que ya era hora de
descansar, así que se quedó dormido… Hasta aquí lo que se sabe.
Le Explicó El alcalde
esta vieja leyenda Al Sr. Jefferson, un investigador de fenómenos paranormales.
El alcalde le pidió disculpas porque ahora debía dejarlo de urgencia, pero le
hizo saber que ya tenía todos los datos suficientes para comenzar su
investigación. Pero le dijo que si era de su gusto podría quedarse al menos 3 días
en la “ciudad”, y le dio un papel que hacía alusión a una reservación a un
hotel, cercano a la zona. Antes de que se retirara el alcalde el Sr Jefferson
le lanzo una extraña pregunta: -¿Cree usted que sea verdad aquella leyenda?
-¡Pero por supuesto
que no! Lo niego rotundamente, claro que no, no se crea esas estupideces Sr
Jefferson- Le negó el Alcalde a nuestro Amigo, el Sr Jefferson.